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El futuro urbano no tiene motores

¿Alguna vez has sentido que no perteneces a la ciudad en la vives? ¿No entiendes la ciudad en la que creciste? ¿Son estas las ciudades del futuro? ¿Es bienestar pasar tantas horas de mi día en mi auto o en el transporte? Muchas preguntas que nos hacemos muchas veces quienes vivimos en el ajetreo urbano; en medio de tantos sonidos, movimientos y peligros con los que convivimos todos los días y que hemos asumido como partes normales de nuestra identidad como urbanitas. Esa identidad que parece tan emocionante, tan cosmopolita y de crecimiento profesional. 

Nos lo había advertido una valiente periodista neoyorquina Jane Jacobs en 1961 en su obra “Muerta y vida de las grandes ciudades”; que nació en medio de su preocupación por lo que pasaba con las ciudades de Norteamérica. Pero sobre todo, preocupada porque la comunidad urbana en la que había crecido estaba siendo amenazada por una visión de la modernidad que apostaba por la ampliación de las vialidades para que los vehículos fueran a mayor velocidad, por la reducción al mínimo posible del espacio público y donde las banquetas parecen diseñadas sólo para cuerpos esbeltos y con perfecta movilidad. Es decir, nos advirtió que las ciudades estaban dejando de ser para nosotras, las personas. 

El crecimiento de las ciudades

El mundo no hizo mucho caso de los llamados que ella y otras voces fuertes hacían, y continuó su camino hacia la ciudad moderna. Aquella que prometía oportunidades para todas las personas, donde el conocimiento y los recursos estarían siempre al alcance; y en las que podríamos acceder a todos los servicios elementales para una vida digna. Pero es evidente que esa visión de ciudad ya no nos alcanzó. Nosotras cargamos ahora con el peso de haber permitido que las ciudades fueran para los vehículos y para la producción. De acuerdo a las Naciones Unidas, la población que vivimos en las ciudades pasó de 751 millones en 1950 a 4200 millones en 2018–; y continuará con esta tendencia.

Las ciudades han dejado de ser un espacio donde las personas nos movemos con libertad y somos impactadas por las consecuencias incuestionables del cambio climático. Las principales ciudades de México pasan más días del año por encima de los límites permitidos de calidad de aire que dentro de ellos, las casas y caminos ocupan cada vez más espacios naturales,  los desabastos de agua son crecientes, el ruido ya es permanente, la inseguridad nos está rebasando a hombres y mujeres, y nuestras vialidades están a tope. Por supuesto que esto no es exclusivo de las ciudades mexicanas, sino que responde a un fenómeno global que es resultado, entre otras cosas; de la forma en que hemos decidido movernos por la ciudad.

Este modelo impacta principalmente sobre las personas con recursos financieros limitados; que terminan viviendo en zonas alejadas de sus espacios de trabajo y educación, e invierten la mitad de su ingreso en su transporte. Pero también genera impactos negativos sobre todas las demás personas, porque los espacios destinados a los vehículos fragmentan nuestra colonia, crean lugares inseguros, contaminados y con ruido; y se quedan con la mayor parte del espacio que debería estar destinado para las personas.

Pensar en la ciudad desde nuestros vehículos, no nos permite entender un futuro distinto para la ciudad y su desarrollo. Nos aleja de convivir con el espacio público que también es nuestro, y nos deja atrás en una carrera que muchas ciudades del mundo han comenzado ya: la carrera hacia ciudades donde nadie se queda atrás. 

Algo tiene que cambiar. Tal vez la apuesta más ambiciosa sería una reconfiguración completa del sistema de transporte público, como una vía para la eficiente y democrática movilidad. Pero esto dependerá de qué tanto los gobiernos apuesten por esta nueva forma de hacer ciudad. En nuestro tránsito hacia allá, pasaremos primero por conectar con entender que la movilidad es un derecho y que existen formas diversas y con un impacto ambiental casi nulo. 

Movilidad del futuro

Una de las apuestas más populares y que cada vez se convierte en el mejor medio de transporte para muchas personas es la bicicleta. Como dice el Manual Integral de Movilidad Ciclista para las Ciudades Mexicanas, la bicicleta es una opción de movilidad democrática, equitativa, ecológica y saludable; responde, en gran medida, al desafío de crear ciudades con calidad de vida. En México tenemos distancias y climas que nos permitirían construir ciudades ciclistas, con algunas modificaciones a la infraestructura y conectándolas a los sistemas de transporte masivo. La transformación puede darse a través del fomento de una cultura ciclista, la intervención en la infraestructura vial y basándose en una estrategia que implemente la bicicleta como complemento para el sistema de transporte urbano actual. 

Ponerse el casco y animarse a convertirse en una persona que rueda como parte de su vida como urbanita o emprender nuestra misión de ser mas peatones cada día, no es un paso sencillo. Ese paso requiere que conozcamos los reglamentos de movilidad y transporte necesarios, y que hagamos algunos ajustes en la forma en la que funcionan nuestros días, pero puedo asegurarte que valdrá la pena. Muy pronto estarás desplazándote de forma mas eficiente, mas limpia y más amigable, pero sobre todo, pronto podrás haber recuperado la ciudad que es tuya; la ciudad de las personas.

Foto por David Tavares

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